martes, 26 de diciembre de 2006

Aquí encontrará el lector una crítica del libro El País: la cultura como negocio (Txalaparta, 2006) de Manuel García Viñó, seguida (para comparar) de una crítica a un libro suyo: El pedestal (Alfaguara, 1967).

GARCÍA VIÑÓ, Manuel (alias García): crítico literario (de los demás, y a veces, no demasiadas, cachondo -en su tercera acepción-, pero jamás crítico de sí mismo) que lleva a cabo una simpática Cruzada contra autores españoles contemporáneos (buenos, regulares, malos y pésimos). Dotado de un lápiz sin afilar y de una mala uva reconcentrada, descubre Mediterráneos (como si los demás no supiéramos lo que estamos leyendo) y pone al descubierto clamorosas patadas al diccionario que luego él mismo repite en sus 'redacciones' ( porque él tampoco sabe escribir bien). Colaborador de El Alcázar y de La Razón, va de republicano por la vida (pobre República). Su crítica acompasada se basa, sobre todo, en el insulto personal. En el 99% de sus pesadillas se le aparece Javier Marías y le fustiga con un ejemplar de Corazón tan blanco.

Acabada la lectura del libro de Manuel García Viñó El País: la cultura como negocio, y tras reflexionar sobre lo leído, me gustaría dejar aquí estas consideraciones. Personales, subjetivas y lo que se quiera, pero nunca tanto como algunas de las leídas en este ¿ensayo de crítica literaria?

Puede uno estar de acuerdo con el autor, tan libre de expresar sus ideas como yo de criticarlas, en que el imperio polanquista se basa en fraudes y mentiras; en que muchas de las obras de la mayoría de autores que cita son lisa y llanamente malas, cuando no malísimas; en que la llegada de Cebrián y Pérez Reverte a la Academia es muy sospechosa; en que... etcétera etcétera.

Sin embargo, veo en el resultado general del libro dos defectos graves, o mejor, muy graves (Viñó diría "imperdonables", "impropios de un niño de teta", "como para condenar al autor a galeras de por vida" y otras argumentaciones igual de sosegadas). ¿Cuáles son esos defectos? Allá van.

El primero, que el tono casi constante de libelo que atraviesa el libro hace que llegue un momento en que le vamos a conceder tanta credibilidad como a los exabruptos de la Cope o a las salidas de pata de banco de cualquier obispo. Quiero decir, no puede presentar al lector páginas verdaderamente divertidas (por lo ridículas) como, por ejemplo, aquellas en que analiza La hija del caníbal, y ponerse tan serio y trascendente como cuando nos habla del contenido del libro El dinero del narcotráfico en la prensa española o el premio a Polanco en la Hispanic Society de Nueva York. La descompensación es tan grande que el conjunto se resiente mucho. Además, el tono roza el resentimiento, cosa que debería hacer reflexionar a Viñó, que en su libro La novela española desde 1939: historia de una impostura dice que "no hay que hacer crítica desde el resentimiento, como no hay que hacerla tampoco desde el amiguismo". Pues a ver si nos aplicamos el cuento y somos coherentes. Lo primero que necesita una crítica seria es sosiego, no berrinche, y una aplicación rigurosa de un método analítico verdaderamente literario, cosa que aquí no aparece por ningún lado. Claro que, en el libro que acabamos de citar, se permitía desautorizar la calidad literaria de Miguel Delibes (nada menos) porque argumentaba que una persona que pregona la paz de la vida rural y rechaza la tonta vida tecnificada no puede permitirse (agárrense) ¡el tiro al pichón! Esto es tan bobo como desautorizar la obra de Quevedo porque, estando como estaba al servicio del poder establecido, de su mano sólo podía salir caca. Impresionante deducción, la verdad. Pero sigamos.

A ratos el libro recuerda a aquellos que se publicaban en los años setenta con títulos como Yo fui testigo de Jehová, pero dejé la secta y ahora lo cuento todo. Lo siento, pero es lo que sugiere, qué le vamos a hacer. Y el hecho de que Viñó lleve o no razón da igual, porque se lo estropea el tono; es triste, pero es así.

¿Y el segundo defecto? Ay, ahora viene el llanto y el crujir de dientes... Es que incurre Viñó en los mismos errores lingüísticos que critica. Creo que es por no haber dado una última mano a la redacción final, o por no haber dado a leer el borrador a otros, o porque en la editorial ya le metían prisa, o simplemente porque el libro es un refrito de muchos "ensayos" anteriores. ¿Quieren ejemplos? Veámoslos.

1. ¡La de veces que repite, machaconamente, los mismos argumentos a lo largo del libro, como si el lector fuera lerdo y no se enterase a la primera! Cuelan de la docena las veces en que hace una lista (¡y de varias líneas!) con los nombres de los escritores de Prisa; cuelan de la docena las veces en que confecciona otra lista con novelas que destacan por su excelencia en la literatura universal (por cierto, escribe mal los títulos en varias ocasiones); los argumentos en contra de tal o cual autor se repiten constantemente y casi siempre con parecidos razonamientos. Y lo dice quien pide a los autores que metan menos paja y cuenten cosas de enjundia: no está mal, señor Viñó, no está mal.

2. Utiliza frases hechas con la misma profusión con que las critica en los demás: “...no haya echado su cana narrativa al aire...” [p. 398]; “...que muchísima gente acepte los gatos como si fueran liebres...” [p. 189]; “...le proporcionó la ingestión no deseada de otro batracio...” [p. 160, por dos veces]; “...no sólo hace virguerías con el español...” [p. 223]; “...un escritor de raza jamás cae en esto...” [p. 194]; “...nada, en su periplo vital, lo justifica...” [p. 259]; “...los cantantes de moda, los políticos en dique seco...” [p. 362], "...más simple que el mecanismo de un tambor..." [p. 351].

3. El estilo es muy a menudo pedestre y ramplón: “...naturalmente, todas estas afirmaciones no las hago apodícticamente...” [p. 194]; "...al nivel de las mentes menos exigentes literariamente..." [p. 354]; "...siendo muy competente técnicamente, se dedicó neuróticamente a..." [p. 380]; “ella misma se autotituló...” [p. 333]; "...me autoexilio (sic) a las islas Galápago (sic)" [p. 368]; Umbral y Pérez-Reverte "se autoadmiran" [p. 364]; "...se autoprohibió disparar..." [p. 389]; “...después de autopresentarse...” [p. 224; ¿se autosentó en la silla, o se autoquedó de pie?].

O bien no sabe lo que dice y mete la pata hasta el fondo: “...aún no se han librado del polvo de la dehesa...” [p. 322; es el pelo, no el polvo]; “...la imagen prototípica del detentador por antonomasia...” [p. 233; haga el favor de mirar en el diccionario la diferencia entre ‘detentar’ y ‘ostentar’, y úselos bien]; “...una presidencia que antaño detentaron filólogos y lingüistas... [p. 359; más de lo mismo]; esto lo dice quien en la p. 310 se jacta de haber "pescado" en Rosa Montero unos "efectos retrospectivos" (en vez de "retroactivos"). Montero se equivoca y Viñó la llama "inculta"; ergo, si Viñó comete el mismo error, "enternece de verdad haciendo sus pinitos de pensadora" (p. 311).

Sigamos: “...el 19 o 20 de diciembre de 1996, fue efectivamente elegido académico Cebrián...” [p. 264; ¡vaya un rigor! Documéntese, hombre]; en la p. 215 menciona ¡dos veces! a una santa de su invención, Santa Ágreda: ¡es Santa Águeda, de toda la vida! Ágreda es apellido, y suena tan ridícula esta santa como San López o Santa García. En la p. 236 “...se unen mediante los sagrados lazos del matrimonio eclesiástico...”; aparte de lo cursi y relamido de la expresión, cuando los lazos del matrimonio civil sean también sagrados, yo me voy de España. En la p. 241, ...”cuando ya lo había puesto a parir un burro...” Eso ya nos explicará Viñó cómo se hace, pero la metáfora es cojonuda, de verdad. En la misma página dice que “... (mucha gente) se realizó en múltiples oficios...”; esto de ‘realizarse’ es tan cursi que ya no se ve ni en los mangos de los paraguas, señor Viñó. En la p. 244, las desgracias vienen acompañadas “sorpresivamente”, expresión propia del Marca. En la p. 245 habla de “machos, hembras o semovientes”, curioso tercer sexo que deja en muy mal lugar a los semovientes machos y hembras. En la p. 246 dice: “...rezo implorando que se trate de una pesadilla...”; pruebe a rezar amenazando, o discutiendo, a ver si puede. ¡Menuda empanada filológico-tomista! En la misma página, “...ni Rosita ni sus botafumeiros tienen luces...”; esto sí es divertido, un botafumeiro con luces, las cortas, las largas, los intermitentes... ¡Turiferarios, hombre, no botafumeiros! En la p. 247 menciona “la píldora del día antes” y retuerce el idioma hasta la luxación: ¡el día anterior, hombre, no sea tan moderno! En la p. 362 toca el cielo y dice: "hacia arriba o hacia debajo": ja, ja, ja, muy bueno, por menos suspenden a los alumnos de Primaria... En la p. 289 dice: “...si a Javier Marías se le quita el bombín oxionense..." (sic, y no es errata, que lo repite varias veces); lleva siendo oxoniense desde hace siglos, pero si Viñó se empeña... En la p. 113 sostiene que “en Salamina no hubo soldados, fue una batalla naval”; claro, claro, los barcos iban solos, teledirigidos desde la orilla por griegos y persas.

En la p. 312: "Muchas columnas de Rosita [Montero] comienzan dejando constancia ella de lo que la mosquea, lo que la indigna, lo que la preocupa". Canten conmigo: Yo tuve tres laísmos, y a los tres envenené... En la coceada p. 312 sigue el Viñó: "...mediante jaracandoso endecasílabo lopiano..."; cursi e ignorante: ¡jacarandoso, de jácara! En la misma página, justo después, dice el insigne: "Lo que es no saber expresarse..."; va por usted, maestro. Dice Él en la p. 319: "...a sabiendas sin duda de su ascendente sobre todo el mundo..."; a ver, García, que se dice 'ascendiente', cópiemelo 100 veces. Y eso que en la p. 316 acababa de decir: "Esto lo escribe un alumno de ingreso en una redacción y lo suspenden". Pues ya sabes... a septiembre. Sobre todo después de llamar "década" al período que media entre 1939 y 1959, como haces en la p. 371. ¡Consulta el diccionario de vez en cuando, frescales! O una enciclopedia escolar, para no escribir "Bertol Brecht" en la misma p. 371, o "pacatatez" (sic) en la p. 384, o "excecrable" (sic) en la p. 400, oh Gran Ingeniero del Idioma.

4. Inventa palabras (cosa que es legítima) pero las cita de modo distinto cada vez. Se ve que le gusta el asunto y se regodea: así, habla de una autora “autobestsellereda” (sic, p. 212), pero en la p. 252 los autores son “bestsellarados” (sic), y en la p. 253 otra señora es “bestsellerada” (sic). Tres palabras inventadas, ninguna igual: vaya marca, señor Viñó.


5. Inventa otras palabras (y esto ya no está permitido) que no existen, y no utiliza las correspondientes que sí existen, o las usa mal. En la p. 159: “casos criminales, tan abundantes en la sociedad criminógena que nos ha tocado vivir...”; aparte de que lo correcto es decir “en (la) que nos ha tocado vivir”, ¿qué es criminógena? ¿Nacida para el crimen? Joder, sí que es usted pesimista... En la p. 222 dice: “...conste que las frases y las consideraciones plenipotenciarias...”; eso sólo pueden serlo las personas, caballero. En la misma página habla de la “hiperbólica sensibilidad de la piel grandesca”; esta palabra, que no existe, será glandesca si llega a nacer algún día (lo que no quita para que Viñó tenga grande y no glande, no nos vamos a poner a discutir de tamaños a nuestra edad). En la p. 221 dice que “nostalgiará el momento en que...”; sí, hombre, y si es gallego ¿morriñará, tal vez? ¿Y esto lo dice para contraponer su estilo al de Rosa Montero? Pues se luce pero bien. Por todas partes aparecen el adjetivo epocal y el sustantivo literaridad, claros ejemplos de prosa de departamento universitario, hueca y grandilocuente. ¿Y el caduco adjetivo “fantacientífica” de la p. 215? ¿Y el engendro "exotista" de la p. 309? ¡Y eso que en la p. 312 dice que "la precisión al adjetivar es uno de los índices de la categoría de un escritor"! ¡Vaya autorretrato! ¿Y el neologismo 'estracto', de la p. 346? ¿Y el monstruoso verbo "ditirambea" de la p. 373?

6. Critica a los autores (con razón) por meterse en camisas de once varas, pero Viñó no les va a la zaga cuando escoge idiomas distintos del castellano para dotar a su escrito de un barniz políglota. En la p. 109 dice: “comiendo ‘spaguettis’ como un chimpancé amaestrado”; decídase: o ‘spaghetti’ o ‘espaguetis’, pero no se invente usted el término. Y sobre todo, no lo haga unas líneas más abajo de criticar (bien) a Savater por decir ‘lección onceava’. En la
p. 375 habla de “las novelas más ‘lights’; el inglés tampoco es lo suyo: ¡los adjetivos no cambian de número, hombre de Dios! ¿Y el francés? En la p. 401 escribe “a la páge” en lugar del correcto “à la page”; en la p. 347 habla de “manifestaciones... ‘décadents’...”, en lugar de ‘décadentes’. Bueno, a ver qué tal el latín. En la p. 168 habla de “un artículo escrito de ‘motu proprio’...”; pues sobra el ‘de’, así que suspenso también en latín. Se presenta a la recuperación en la p. 282, pero habla "del indefenso morituri", así que vuelve a suspender (¡el singular es moriturus!) Remata a la lengua del Lacio con esta estocada: el plural 'Pantocrators' (sic) de la p. 354. Impresionante. Pasemos al alemán. En la p. 197 menciona “...una serie de anuncios por palabras en el Hamburguer Rundschau...” y ¡nuevo suspenso! Se dice Hamburger, ¡que es un adjetivo, no un MacDonald’s! Como dice usted en la p. 307 criticando a García Posada, lo suyo es un "...empleo empachoso de frases tópicas como no se encontraría en la redacción de un bachiller de mediano cacumen".

7. ¿Y qué decir de los tajantes juicios de valor de Viñó sobre las obras literarias? En la p. 313 critica a los autores al servicio de Prisa por lo dados que son "a las estúpidas generalizaciones". Y luego va él y perpetra esta frase (y varias veces a lo largo del libro): "Javier Marías es el peor autor de todos los tiempos y lugares". ¡Ahí queda eso! ¿Incluirá los inéditos del Pato Donald en tal apreciación? Pero, ¿de verdad se creerá lo que dice? ¿Le parecerá un juicio fundamentado? ¿Será peor escritor Marías que Rosa Montero, o que Almudena Grandes? En la p. 251 se queja Viñó de los industriales de la novela, que no se sirven de “escritores de segunda fila, pero, al menos, serios y voluntariosos como Álvaro Pombo”. Claro, claro: como es un autor serio se presenta al Planeta, que no es un premio amañado, y lo gana (cosa que le parece mal en Molina Foix en la p. 324); y como es voluntarioso, hace que el meollo de su novela ganadora, La fortuna de Matilda Turpin, gire en torno a esta frase que un personaje le suelta a otro: “¡Pero tú qué vas a ser maricón!” Como diría Federico Trillo, ¡manda huevos con los críticos!

¿Y cuando el Gran Comentarista se pone a moralizar? Atenta la parroquia al comentario de la p. 337: "...el programa más puerco de toda Europa lo tiene Canal Plus los viernes por la noche...". Una película pornográfica le parece... ¿puerca? Si el juicio es moral, más le vale darse de baja en el Círculo (¡huy, Círculo acaba en '-culo'!) de Críticos de Fuencarral en el que milita, y correr a apuntarse al Vaticano, que creo que quedan puestos libres de inquisidor. Si, por el contrario, su juicio es estético, pues qué quiere que le digamos: ¿se enfada con las películas porno? ¿Y con el resto de programas embrutecedores? ¿Y con la publicidad? Ego te absolvo, García. Vete y no peques más, o al menos léete el prólogo de tu propio libro, o que alguien te lo explique.

Pero sigue pecando: a partir de la p. 390 le saca las tiras a Molina Foix por ser amigo del falangista Torrente Ballester y por “hacer manitas” con Juan Luis Cebrián, del que dice que “colaboró asiduamente con el Arriba”. ¡Y lo dice García Viñó, que ha sido colaborador de El Alcázar y de La Razón y que ahora va de republicano por la vida! ¡Lo que hay que ver! ¿O es que cuando tú escribías, García, El Alcázar luchaba por una República democrática y laica? ¿Traerá Ansón la III República? O, dicho de otro modo, ¿de qué vas?

8. El que Viñó llama "método de crítica acompasada" se acompaña de calificativos que, sin duda, ennoblecen el ensayo literario y confieren al autor un aura de respetabilidad, por lo fundamentado de sus juicios, dejando los ensayos de sus predecesores a la altura de las boñigas. Son expresiones sopesadas, muy conectadas al buen análisis literario, como
"tonto del culo" o "de baba",
"retrasado mental",
"gilipollas",
"hijo de su madre",
"endeble mental",
"capullo",
"insensato",
"desgraciado",
"risible",
"la madre que te parió",
"segundón",
"bastardo",
"mezquino",
"cobarde",
"payaso",
"analfabeto",
"feo",
"hortera",
"infantiloide",
"cateto",
"fascista"...
Algunos escritores merecen un calificativo más elaborado, y entonces Viñó nos da lo mejor de sí mismo como crítico: en la p. 332, "lenguado bajo el culo de un mono con diarreas". ¡Qué mesura en el comentario! ¡Qué rigor analítico!
Quilis, Martín de Riquer, Lapesa, Alarcos Llorach y Lázaro Carreter juntos no creo que igualaran siquiera lo medido y sabio de estos juicios de nuestro Comentarista.

9. En la p. 325 habla de la época de la II Guerra Mundial en Francia y nombra a la resistencia, "que todo el mundo sabe que no existió". Nos dan ganas de ponerle a caldo, pero nos vamos a reprimir. Baste decir que el Gran Comentarista no sólo ignora la Historia de Francia y de España, sino que este ¿comentario? ofende la memoria de muchos resistentes, exiliados republicanos españoles (desde luego mucho más republicanos que él) a quienes cubre, para siempre ya, la tierra francesa; a otros españoles resistentes en Francia ni siquiera les cupo este honor: salieron, convertidos en humo, por las chimeneas de los campos de exterminio nazis. Honor perpetuo para ellos, y vergüenza eterna para quienes, como Viñó, escupen sobre su memoria.

10. Dice el Muy Incoherente Crítico, para luego pasárselo por el forro, lo siguiente:
"Que alguien que escriba así, con tantísima pobreza conceptual y de forma, sea tenida en un país por escritora es muy grave" (p. 367). "Quienes nos hayan seguido, saben hasta qué punto, desde nuestra postura estético-literaria, los críticos del Círculo de Fuencarral condenamos a quienes emplean frases hechas que, junto con el cultivo de la obviedad y de la tontería, y las coces a la belleza de nuestra lengua, es el mayor pecado que, a nuestro juicio, puede cometer un escritor" (p. 377). No cabe mayor cinismo en menor número de palabras. Hace falta tener la cara muy dura para criticar en los demás fallos claramente garrafales para luego repetirlos tú, y aumentados si cabe. Mucha cara dura.

11. Dice el Muy Leído y Entendido Supercrítico Universal en las páginas 397-398 que es muy triste leer a Quevedo, Gracián, Fray Luis o Cervantes, genios entre los genios, y acudir después a estas malas novelas de los autores de Alfaguara. Claro que es triste, ¿quién te lo va a negar? Pero al restringir este hecho a España sola das a entender (gran mentira) que en el resto de países de nuestro entorno esto no sucede. Ignorante, entérate: ¿qué libros te crees que han sido éxito de ventas en el Reino Unido, Francia o Italia en estos últimos años? Te lo diremos nosotros: aburridos, como los de Martin Amis, tan lejos de Shakespeare como tú de Quevedo; novelitas inanes como "Le dictateur et le hamac", de Pennac, o vergonzosamente malas, como "99 francs", de Beigbeder, tan lejos de Molière como tú de Cervantes; o bazofia encuadernada, como las de la inefable Susanna Tamaro, que se acerca a la perfección como tú a Fray Luis. Date una vuelta por las librerías de Europa, pero antes quítate las anteojeras, Viñó, por favor. No digas en la p. 405 tonterías como que "en ningún lugar como en España se ha producido un totalitarismo cultural como el que padecemos": los Estados Unidos quedan hacia el oeste, al otro lado del Atlántico, so demócrata. Y si no te gusta viajar, te queda más cerca Italia: vete allí a vivir unos años, y luego nos lo cuentas. No te quieres dar cuenta, oh Grandísimo y Sagacísimo Crítico, del meollo del asunto: que los críticos hacen su crítica dentro del sistema, y por lo tanto se quedan en la espuma, en lo superficial, en lo anecdótico. Están vendidos, y no van a la raíz: la literatura refleja el sometimiento socioeconómico, la rendición ante el neoliberalismo salvaje. ¡Por eso escriben a las órdenes de quien sea, y lo mismo me da Prisa que su tía la del pueblo! Si los "especialistas" están a sueldo del sistema, ¿cómo quieres que le lleven la contraria, so ingenuo? A ti, a lo que parece, te pagan por hacer de crítico antisistema perpetuamente enfadado, pero no por pensar. Eso que se ahorran tus jefes.

12. En la p. 304 cita a Mary Luz Bodineau, y nosotros nos agarraremos también a esta cita -relativa a la escritora Almudena Grandes-:

"Quiero creer que usted no considera 'panfletos' nuestros boletines críticos (...), obras no sólo de un crítico cuya honestidad ha pasado todas las pruebas, sino especializado en detectar narradores que 'escriben contra la literatura' y no admiten la crítica que no sea elogiosa. Cualquier comentario por su parte podría sernos útil. Y también a usted. Cordialmente."

Donde dice "narradores que escriben contra la literatura", léase "críticos que escriben contra la crítica y contra el idioma", y ya la tenemos liada, señor Viñó.

¿Saben ustedes cuál es el colofón a esa cita que acabamos de poner? "No hay que decir que no contestó."

La Fiera Literaria es muy aficionada a satirizar en verso, cosa muy loable y divertida, así que imaginamos que les gustará esta coplilla, tomada del acervo popular andaluz, que viene de perlas para su labor:

Ésta es La Fiera Corrupia.
Ella volar no volaba,
pero tenía unas uñas
como ganchos de romana.


13. Si alguien ha resistido la lectura hasta este punto, podrá ver ahora el método de “crítica acompasada” del Gran Comentarista aplicado a una de sus insignes obras. Se trata de El pedestal, publicada por este colaborador del diario El Alcázar en 1967. ¿Adivinan la editorial? Alfaguara. Qué cruel es el destino.

Vamos allá. Resulta curioso ver cómo los topicazos que García Viñó aplica a los odiados escritores de Prisa son los mismos en los que él incurría hace ya 40 años, y en la editorial del mismo nombre. Aquí hace falta un psicoanalista, y cuanto antes venga, mejor. Se ve que alguien, y no nos gusta señalar, no ha matado al padre de alguien...

Lo primero, el argumento. Don Víctor, Subsecretario del Ministerio de Obras Públicas, ha venido subvencionando una por una las peticiones que le llegaban de su pueblo natal (Encinares, Sevilla), y finalmente le entra la comezón de volver y ver lo magnífico que está todo gracias a él. Especialmente tras la última solicitud: la de erigir una estatua ecuestre al más insigne hijo del pueblo, el conquistador Diego de Alvar. Anuncia, pues, su próxima llegada. Revolución en el Ayuntamiento: todos estos años han estado chupando del bote y no pueden mostrar avenidas, teatros ni nada porque nada han hecho. ¿Y ahora, qué? Se les ocurre levantar un pedestal en la plaza, subir a él una mula con un concejal encima y cubrirlos de yeso para dar el pego al prócer. Llega éste por fin, y hace como que se traga la bola (como todo el pueblo). Uno de la comitiva aprovecha para conocer a Isabel, la maciza del pueblo y a la vez hija de don Damián, el concejal-estatua, que andaba enfadada tras discutir con su novio: ¡se había atrevido a pedirle que fuera a la escuela nocturna de la parroquia! Se marchan los burócratas... y el concejal, que no quiere apearse de la mula. Pasan los días: no quiere bajarse, dice que subido al pedestal es alguien, pero que a pie no es nadie. Logran que baje, y vuelve contrito a casa. Su hija está destrozada: el novio se le ha ido a África, a la Legión, del disgusto. Atentos al final:

“-No volverá más –dijo empezando a llorar otra vez-. Me ha dejado para siempre. Y ahora... Ahora me doy cuenta de que le quería...
Ocultó el rostro entre las manos y dio rienda suelta a la pena que la embargaba.
Don Damián se levantó. Estrechó la cabeza de su hija contra su pecho. Luego, le acarició el cabello.
-Tonta, pequeña tonta –decía-. Tenías a Mario, le tenías seguro, era bueno... [...] ¿Por qué tenías que empeñarte en ser lo que no eres? No es bueno dejar de ser el que se es. No es bueno salirse de la propia esfera...”

14. García Viñó se cansa de decir en sus críticas que si a Cervantes, Quevedo, Proust, etc., los valoramos con cien, y a Faulkner y a otros con cincuenta, ¿dónde podemos poner a Marías? A Marías no sé, él tal vez lo sepa, pero García Viñó, escribiendo lo que escribe, no merece ni acarrear volúmenes de Quevedo en un almacén. Esta novela (¿?) suya está a medio camino entre Fernán Caballero, la señora Francis, Corín Tellado y los guiones de “Crónicas de un pueblo”. ¡Y la escribe quien acusa a tantos escritores de hacer retroceder la literatura actual a épocas pregaldosianas! ¡Tendrá valor! Un tipo que escribe a base de frases hechas, como los malos periodistas, y que se atreve a redactar de este modo tan original: “tersas y orondas mejillas” (p. 19), “querer con locura” (p. 25), “siniestra amenaza” (p. 26), “murmullo cantarino” (p. 33), “maestra madurita, pero de buen ver” (p. 66), “visiblemente emocionado” (p. 67), “el murmullo se fue apagando hasta apagarse del todo (sic)” (p. 79), “arenas doradas, cimbreantes palmeras” (p. 83), “silencio total” (passim), “noche oscura como boca de lobo” (p. 107), “discrección (sic) (p. 98), “¿qué (sic) me expongo a morir?” (p. 119)... En fin, ¿para qué aburrir y aburrirnos? ¡Qué estilo más simplón y más pedestre! Y si es simple no es por recurso estilístico, sino porque la escritura de García Viñó es como las tiendas de poco género: todo lo que se ve es lo que hay, todo está en el escaparate, no hay más. A su lado, un autor sencillo como Azorín se parece a James Joyce. ¿Esto era lo que tenías que escribir, García? ¿Y escribiendo estas obritas, que parecen la lectura de cabecera de Carmen Polo de Franco, te atreves luego a sacar los defectos de otros? ¿Escribías estas simplezas propias de una hoja parroquial en 1967, cuando Luis Martín Santos y Juan Goytisolo se quemaban las cejas para sacar de nuestro idioma bellezas aún inexploradas? ¿Perpetrabas estas simplezas con todo lo que estaba pasando en España en 1967? ¡Qué agudo analista de tu tiempo, qué crítico más certero! Permítenos que nos descacharremos de risa, García.

15. Para este viaje no necesitábamos alforjas. El Mediterráneo ya estaba descubierto, García. ¿A qué lectores te diriges para que se asombren de tus descubrimientos? ¿Quién no cae en la cuenta de lo malos que son tantos escritores actuales? ¿A quién quieres engañar? Los buenos autores actuales también existen, y no necesitan de pseudocríticos como tú para que los lectores los descubran y los disfruten. Por nuestra parte, no nos pidas listas, que no te las vamos a dar. Te chinchas. Sigue leyendo a esos escritores del todo a cien, que la bilis reconcentrada parece que te va bien. Y salud, compañero.

5 comentarios:

Carlos dijo...

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A&M dijo...

Lo mejor de García Viñó es su crítica, sobre todo la acompasada. Se disfruta y se agradece como la mejor literatura.
Es pueril hacer comparativas literarias entre su producción y la de sus criticados, porque lo mejor de Viñó es, precisamente, su garra acerada de fiera. No ver eso muestra una cortedad que habla por sí sola.

Petra dijo...

Si lo mejor de García es sucrítica acompasada, repásense sus elementos técnicos:
"tonto del culo" o "de baba",
"retrasado mental",
"gilipollas",
"hijo de su madre",
"endeble mental",
"capullo",
"insensato",
"desgraciado",
"risible",
"la madre que te parió",
"segundón",
"bastardo",
"mezquino",
"cobarde",
"payaso",
"analfabeto",
"feo",
"hortera",
"infantiloide",
"cateto",
"fascista"
"lenguado bajo el culo de un mono con diarreas"...
Y después de repasarlos, pídale hora a un médico. Por favor.

Lector Iracundo dijo...

Me encanta La Fiera Literaria, bastante más que sus criticados.

bruno dijo...

Crítica inútil y superficial de un gran fiera.